«Si algo así le ocurriera a mi hijo/a, me daría cuenta… ¿verdad?»
Es una pregunta que muchas madres y padres podrían hacerse. También puede preocupar a profesores y a otros adultos que trabajan o conviven con niños y niñas.
Porque cuando imaginamos un abuso sexual infantil solemos pensar en una agresión violenta, en lesiones físicas o en un cambio muy evidente en el comportamiento del menor.
Sin embargo, muchos casos no ocurren así.
Puede no haber señales visibles. Puede que el niño no muestre rechazo hacia la persona responsable o que incluso mantenga con ella una relación cercana. También puede que todavía no comprenda qué está sucediendo o que crea que forma parte de un juego, una muestra de cariño o un secreto compartido.
Por eso, antes de aprender a detectar posibles señales o saber cómo actuar, necesitamos empezar por una pregunta básica:
¿Qué es realmente el abuso sexual infantil?
Hablamos de abuso sexual infantil cuando una persona implica a un niño, niña o adolescente en una actividad de carácter sexual que no puede comprender plenamente, para la que no está preparado por su desarrollo o ante la que no puede ofrecer un consentimiento válido.
Dicho de una manera más sencilla: una persona utiliza al menor para su propia estimulación o gratificación sexual, o para la de otra persona.
Y aquí quiero detenerme en algo importante: el abuso sexual infantil no se define únicamente por lo que ha ocurrido físicamente. También debemos observar la desigualdad desde la que se produce esa interacción.
Un niño puede conocer algunas cuestiones relacionadas con la sexualidad y seguir sin tener la madurez emocional, psicológica y evolutiva necesaria para comprender lo que implica una interacción sexual con una persona adulta.
Puede no saber qué intención tiene esa persona, qué consecuencias puede tener lo que está sucediendo o que tiene derecho a ponerle fin. Tampoco dispone de los mismos recursos para identificar la manipulación, pedir ayuda o protegerse.
Por eso, aunque no diga que no, aunque obedezca o aunque parezca participar, no podemos hablar de consentimiento.
«Pero si no le obligó, ¿también se considera abuso?»
Sí.
La fuerza física puede estar presente, pero no es necesaria para que exista abuso sexual infantil.
A veces, al escuchar la palabra «abuso», imaginamos que el niño intenta escapar, grita o se resiste. Pero una persona adulta no necesita recurrir a la violencia física para imponerse a un menor.
Puede utilizar su autoridad, la confianza que el niño ha depositado en ella, el afecto, la atención especial, los regalos o el miedo a perder ese vínculo.
Pensemos, por ejemplo, en alguien importante para el niño: una persona a la que quiere, admira u obedece. Si esa persona convierte una conducta sexualizada en un juego o le dice que se trata de «su secreto», es posible que el menor no comprenda que se están vulnerando sus límites.
También puede notar que algo le incomoda y, aun así, quedarse quieto, obedecer o no saber cómo reaccionar.
Los adultos tendemos a imaginar la respuesta desde nuestros propios recursos: «Yo habría gritado», «yo me habría apartado», «yo lo habría contado». Pero un niño no interpreta ni afronta una situación así como lo haría una persona adulta.
Que no se resista no significa que lo acepte. Significa que se encuentra dentro de una situación que quizá todavía no puede comprender ni gestionar.
Desde la psicología sabemos que, ante una situación que genera miedo o desconcierto, también puede aparecer una respuesta automática de bloqueo. Quedarse inmóvil no es elegir participar.
No siempre existe contacto físico
Esta es otra idea que necesitamos ampliar.
El abuso sexual infantil puede incluir conductas con contacto físico, como:
- tocamientos;
- frotamientos;
- besos sexualizados;
- contacto con zonas íntimas;
- intentos de penetración o penetración.
Pero también puede producirse sin ningún tipo de contacto físico.
Por ejemplo, cuando una persona:
- muestra contenido sexual a un menor;
- se exhibe delante de él o ella;
- le hace comentarios o preguntas sexualizadas;
- le observa con una finalidad sexual;
- le pide que muestre su cuerpo;
- le solicita fotografías o vídeos de contenido sexual;
- le fotografía o graba en situaciones sexualizadas;
- contacta con él o ella por internet con una finalidad sexual.
Esto significa que no necesitamos encontrar una lesión para reconocer que los límites y los derechos de un niño han sido vulnerados.
Sé que puede resultar difícil pensar en algunas de estas conductas como abuso cuando no ha habido contacto o violencia física. Sin embargo, pueden generar miedo, confusión, culpa y un impacto psicológico importante.
A nivel clínico, el impacto psicológico no depende únicamente de que haya existido contacto físico. También influyen el vínculo con la persona responsable, la duración, la manipulación, el miedo y el significado que la experiencia adquiere para el menor.
La clave está en la asimetría de poder
Cuando explico qué es el abuso sexual infantil, hay un concepto que considero fundamental: la asimetría de poder.
Entre una persona adulta y un niño ya existe una desigualdad. El adulto tiene más experiencia, más conocimiento, más recursos y mayor capacidad para influir en la situación.
El menor, en cambio, depende de las personas adultas para recibir cuidados, protección, afecto y reconocimiento.
Esta desigualdad es todavía mayor cuando quien lleva a cabo la conducta ocupa un lugar importante en su vida: un familiar, una persona cuidadora, alguien de su entorno educativo o cualquier figura en la que confíe.
Imaginemos que el niño siente que debe obedecer a esa persona. O que teme que, si se niega, dejará de quererle. Quizá piensa que se enfadará, que la familia tendrá problemas o que será él quien reciba un castigo.
En ese contexto, no estamos ante dos personas que pueden decidir en igualdad de condiciones.
En psicología hablamos también de coerción cuando esa desigualdad se utiliza para condicionar la libertad del menor, aunque no existan amenazas explícitas ni fuerza física.
La responsabilidad corresponde siempre a quien utiliza su edad, autoridad, experiencia o vínculo con el menor para traspasar sus límites.
¿Y si el niño cree que es un juego?
También puede ocurrir.
Un niño no siempre reconoce una conducta sexualizada como algo inadecuado. Especialmente si la persona responsable la presenta como un juego, una broma, una muestra de cariño o una actividad especial que comparten los dos.
Puede reírse. Puede sentir curiosidad. Puede aceptar un regalo. Puede volver a acercarse después a esa persona o buscar su atención.
Entiendo que estas reacciones puedan generar dudas en el entorno. Pero ninguna de ellas convierte al niño en responsable ni significa que haya comprendido o consentido lo ocurrido.
Quiero que nos quedemos con esta idea: la reacción del menor no determina si ha existido abuso.
Desde una perspectiva forense, ninguna reacción aislada permite confirmar o descartar un abuso. La ausencia de resistencia, rechazo visible o cambios evidentes tampoco constituye una prueba de que no haya ocurrido.
Es la persona adulta —o quien ocupa la posición de poder— quien comprende el significado sexual de la conducta y se aprovecha de la diferencia de edad, madurez, experiencia o autoridad.
Cuando la persona responsable es alguien querido
A muchas familias les cuesta imaginar que un niño pueda sentir cariño por alguien que le está haciendo daño.
Sin embargo, ambas realidades pueden coexistir.
El menor puede disfrutar de algunos momentos con esa persona, quererla y, al mismo tiempo, sentirse incómodo, confundido o asustado ante determinadas conductas.
Puede buscar su compañía porque no todo el vínculo está basado en el abuso. También puede intentar protegerla, temer perderla o pensar que contar lo sucedido provocará una ruptura familiar.
Esto puede resultarnos contradictorio desde fuera, pero no lo es para el niño. Él no separa fácilmente a «la persona que quiero» de «la persona que está vulnerando mis límites», especialmente cuando todavía no comprende el carácter sexual de lo que ocurre.
Que exista afecto no reduce la gravedad de la conducta. Tampoco demuestra que el menor la haya aceptado.
¿El abuso sexual también puede producirse entre menores?
Sí, aunque debemos explicarlo con cuidado.
No toda conducta sexual entre niños implica abuso. Durante el desarrollo pueden aparecer curiosidad, preguntas o juegos relacionados con el cuerpo que no tienen necesariamente un carácter abusivo.
Lo que debe hacernos mirar la situación de otra manera es la existencia de una diferencia significativa de edad, desarrollo, capacidad de comprensión, tamaño o poder.
También debemos considerar si uno de los menores presiona, amenaza, engaña, manipula u obliga al otro a participar en una conducta sexual.
No se trata de etiquetar precipitadamente cualquier comportamiento infantil. Se trata de comprender si existía libertad, igualdad y capacidad para entender lo que estaba ocurriendo, o si uno de los menores se aprovechó de una posición de poder sobre el otro.
La valoración psicológica debe diferenciar una conducta exploratoria propia del desarrollo de una interacción sexual coercitiva o marcada por una clara desigualdad.
Por eso, estas situaciones necesitan ser valoradas con prudencia y teniendo en cuenta el momento evolutivo de cada niño.
«Yo siempre le he enseñado a desconfiar de los desconocidos»
Enseñar a los niños a protegerse ante personas desconocidas puede ser útil, pero no es suficiente.
La persona responsable del abuso puede pertenecer a su entorno cercano. Puede ser alguien conocido por la familia, una figura cuidadora o una persona que se muestra afectuosa, atenta y protectora delante de los demás.
Y esto es precisamente lo que puede dificultar que el entorno sospeche.
A veces esperamos que una persona peligrosa tenga un aspecto o un comportamiento que la delate. Pero quien comete un abuso puede estar integrado socialmente, ser valorado por los demás y haber construido una relación de confianza con la familia y con el menor.
Comprenderlo no significa que debamos vivir desconfiando de todo el mundo. Significa que la prevención no puede basarse únicamente en enseñar a los niños que deben protegerse de personas extrañas.
También tendremos que enseñarles, de una manera adaptada a su edad, que:
su cuerpo les pertenece,
que existen límites que nadie debe traspasar y
que pueden contarnos cualquier situación que les produzca miedo, incomodidad o confusión, aunque quien la provoque sea alguien conocido o querido.
Comprender es el primer paso para proteger
Si eres madre, padre, profesor o trabajas con infancia, no necesitas convertirte en especialista ni vivir en un estado permanente de alarma.
Pero sí es importante revisar la imagen que tenemos del abuso sexual infantil.
Puede producirse sin violencia física, sin lesiones visibles y sin que el niño muestre un rechazo evidente. Puede ocurrir dentro de una relación aparentemente afectuosa y ser cometido por una persona conocida. El menor puede no comprenderlo, pensar que es un juego o continuar queriendo a quien está vulnerando sus límites.
Nada de esto convierte al niño en responsable.
Si aparece una sospecha, será importante diferenciar también el acompañamiento clínico —centrado en el bienestar y el posible impacto psicológico— de la evaluación forense, que analiza los hechos y sus consecuencias dentro de un procedimiento judicial mediante una metodología específica.
En esta primera parte hemos puesto la base: comprender qué es el abuso sexual infantil y qué conductas puede incluir. Más adelante podremos hablar de los mitos que dificultan su reconocimiento, de los posibles indicadores y de cómo actuar para detectar, prevenir y responder de una forma realmente protectora.
Porque cuanto mejor comprendamos los adultos cómo puede producirse, más preparados estaremos para observar, escuchar y proteger.
Gina Pascual
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