El pasado 23 de septiembre se conmemoró el Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Mujeres, Niñas y Niños.
Este año, esta fecha me ha encontrado con una mirada diferente. Durante mi estancia en Tailandia, conocer parte de su historia me llevó a pensar en algo de lo que todavía hablamos muy poco: las guerras no se libran únicamente en el frente. También se libran sobre los cuerpos de las mujeres.
¿Sabías que, durante la guerra de Vietnam, un acuerdo entre dos gobiernos convirtió a miles de mujeres tailandesas en parte del «descanso y recreación» de los soldados estadounidenses?
Detrás de esas dos palabras aparentemente inocentes —descanso y recreación— se desarrolló una estructura económica y social cuyas consecuencias no terminaron cuando los soldados se marcharon.
Tailandia durante la guerra de Vietnam
Aunque la guerra se desarrollaba principalmente en Vietnam, Tailandia tuvo un papel estratégico fundamental para Estados Unidos.
Su territorio acogió bases militares, aeródromos y miles de soldados estadounidenses. En determinados momentos del conflicto llegó a haber alrededor de 50.000 militares norteamericanos destinados en el país, y cientos de miles pasaron por sus bases entre los años sesenta y mediados de los setenta.
Tailandia también se convirtió en uno de los principales destinos de los programas conocidos como Rest & Recreation: periodos de permiso durante los cuales los soldados podían alejarse temporalmente del frente.
En 1967, un acuerdo formalizó la autorización de servicios de entretenimiento destinados a las tropas estadounidenses.
Pero ¿qué implicaban realmente esos servicios?
Alrededor de las bases y en ciudades como Bangkok y Pattaya comenzaron a multiplicarse los bares, clubes nocturnos, salones de masaje y otros establecimientos en los que se ofrecían servicios sexuales.
El descanso de unos se construyó sobre los cuerpos de otras.
Una decisión política con consecuencias sobre las mujeres
Miles de mujeres tailandesas entraron en aquella industria. Muchas procedían de zonas rurales empobrecidas y habían emigrado a las ciudades buscando alguna forma de sostenerse a sí mismas o a sus familias.
No todas vivieron exactamente la misma historia y no podemos hablar de ellas como si fueran un grupo homogéneo. Sin embargo, tampoco podemos ignorar las condiciones estructurales que rodeaban muchas de sus decisiones: pobreza, desigualdad, falta de alternativas laborales, migración interna y una enorme diferencia de poder económico frente a los soldados extranjeros.
El problema no fue únicamente que existiera una demanda individual. Aquella demanda fue organizada, facilitada y normalizada dentro de un contexto militar.
No fue casualidad.
No fue simplemente «libre mercado».
Fue también una decisión política.
Las autoridades no crearon desde cero la prostitución en Tailandia, que ya existía anteriormente. Pero la presencia militar estadounidense y el acuerdo de descanso y recreación impulsaron una expansión extraordinaria de la industria sexual alrededor de las bases.
La guerra introdujo una demanda masiva. Las instituciones generaron las condiciones necesarias para atenderla. Después, diferentes negocios y redes encontraron la manera de obtener beneficios.
La guerra terminó, pero la estructura permaneció
Cuando Estados Unidos retiró la mayor parte de sus tropas de Tailandia, a mediados de los años setenta, los bares, los locales, las redes de intermediarios y las zonas de ocio creadas alrededor de los militares no desaparecieron.
La infraestructura ya estaba construida.
Con el crecimiento del turismo internacional, una parte de aquella industria se transformó para dirigirse a visitantes extranjeros. Algunas de las zonas que habían funcionado como espacios de descanso para los soldados pasaron a convertirse en destinos asociados al turismo sexual.
Una investigación sobre los orígenes y la distribución de la industria sexual tailandesa encontró que los distritos próximos a las antiguas bases utilizadas por Estados Unidos llegaron a concentrar entre cuatro y cinco veces más establecimientos sexuales que otras zonas comparables.
Esto muestra hasta qué punto una decisión adoptada durante una guerra puede seguir moldeando la economía y la vida de las personas décadas después.
La guerra terminó. La explotación, no.
¿Por qué hablamos de explotación sexual?
La trata de personas y la explotación sexual están relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.
La trata implica captar, trasladar, alojar o recibir a una persona utilizando medios como la violencia, las amenazas, el engaño, la coacción o el abuso de una situación de vulnerabilidad con la finalidad de explotarla. No es necesario cruzar una frontera para que exista trata.
Además, la ausencia de cadenas, encierros o violencia física visible no significa que una persona sea libre.
La dependencia económica, las deudas, el miedo, las amenazas contra la familia, el desconocimiento del idioma, la situación administrativa o la falta de alternativas pueden convertirse en formas muy eficaces de control.
Cuando existe abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad, no podemos analizar el consentimiento como si todas las personas negociaran desde la misma posición.
Y cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes, cualquier forma de explotación sexual comercial constituye violencia. La responsabilidad nunca puede recaer sobre el menor.
Un patrón que se repite
La historia de Tailandia refleja un patrón que continúa apareciendo en diferentes lugares y contextos:
Vulnerabilidad económica + desigualdad de poder + beneficio económico = condiciones para la explotación.
Se produce cuando alguien con más recursos, autoridad o capacidad de elección se aprovecha de quien apenas dispone de alternativas.
También se produce cuando una sociedad decide no mirar demasiado de cerca porque esa explotación genera dinero, sostiene determinados negocios o beneficia a quienes ocupan posiciones de poder.
El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de Naciones Unidas ha advertido que la trata y la explotación sexual de mujeres y niñas se agravan en contextos de militarización, ocupación, desplazamiento, migración y conflicto armado.
No es una coincidencia.
Las guerras destruyen hogares, redes familiares, oportunidades laborales y sistemas de protección. Aumentan la pobreza y los desplazamientos forzados. En esas condiciones, mujeres, niñas y niños quedan mucho más expuestos a la captación, la trata y distintas formas de explotación.
Las huellas psicológicas de la explotación
La explotación sexual no afecta únicamente al cuerpo. También puede dejar profundas huellas psicológicas.
No existe una única forma de reaccionar. Algunas supervivientes pueden presentar síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión, hipervigilancia, dificultades para dormir o recuerdos intrusivos. Otras pueden experimentar disociación, sensación de desconexión del propio cuerpo, culpa, vergüenza o dificultades para confiar en otras personas.
Cuando la violencia ha sido continuada, la persona puede haber aprendido a desconectarse emocionalmente para poder sobrevivir. Desde fuera, esta reacción puede interpretarse como frialdad, contradicción o falta de afectación. En realidad, puede ser una respuesta de protección frente a experiencias que resultaban imposibles de soportar de otra manera.
También es frecuente que las supervivientes hayan sido responsabilizadas por lo ocurrido:
«Podría haberse marchado».
«Sabía dónde se estaba metiendo».
«Aceptó el dinero».
Estas frases ignoran cómo funcionan la coacción, el abuso de vulnerabilidad y el control psicológico. También vuelven a colocar la mirada sobre la conducta de la víctima en lugar de hacerlo sobre quienes captan, explotan, consumen y obtienen beneficios.
Acompañar sin volver a dañar
La recuperación psicológica no consiste simplemente en conseguir que una persona relate todo lo sucedido.
Obligarla a hablar antes de que se sienta preparada, pedirle que repita su historia constantemente o cuestionar sus reacciones puede provocar una nueva victimización.
El acompañamiento debe ofrecer seguridad, respetar sus tiempos y ayudarla a recuperar progresivamente la capacidad de decidir sobre su propia vida. También puede ser necesario trabajar la relación con el cuerpo, la culpa, la vergüenza, el miedo, los vínculos y la reconstrucción de una identidad que no quede reducida a la violencia sufrida.
Desde la psicología forense también se puede evaluar el impacto psicológico de la explotación y contextualizar reacciones que, sin conocimientos sobre trauma, podrían interpretarse erróneamente dentro de un procedimiento judicial.
No todas las supervivientes reaccionan de la misma manera. No existe un comportamiento único que demuestre que una persona ha sido explotada.
Una realidad que continúa siendo actual
Hablar de esta historia no significa señalar a Tailandia ni responsabilizar a las mujeres que forman parte de su industria sexual.
Significa mirar hacia quienes promovieron la demanda, construyeron las estructuras, se beneficiaron económicamente y permitieron que la desigualdad se normalizara.
También significa comprender que esta realidad no pertenece únicamente al pasado ni a un país lejano.
Según los datos internacionales más recientes, las mujeres y las niñas continúan constituyendo una mayoría de las víctimas de trata detectadas y representan la inmensa mayoría de las víctimas identificadas cuando la finalidad es la explotación sexual.
En España también existen redes de trata, explotación sexual y captación de mujeres y menores. Las tecnologías digitales, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería han abierto, además, nuevas vías para captar, vigilar y controlar a las víctimas.
La forma puede cambiar. El patrón de poder permanece.
Nombrarla para poder romperla
El Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Mujeres, Niñas y Niños nos recuerda que estas violencias no aparecen de manera espontánea.
Necesitan desigualdad, vulnerabilidad, demanda, beneficio económico y estructuras que las permitan.
Por eso es tan importante observar también las decisiones políticas, militares y económicas que las sostienen.
La violencia machista a veces se firma en un acuerdo, se normaliza dentro de una economía y se hereda durante generaciones.
Nombrarla es el primer paso para romperla.
Gina Pascual.
Evaluación pericial y acompañamiento psicológico.
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