El caso de las niñas de Ceuta

En el primer artículo sobre abuso sexual infantil hablamos de qué es el ASI, de algunos de los mitos que todavía dificultan su detección y de la importancia de observar y escuchar a los niños y las niñas. 

Hoy quiero continuar aquella conversación con una pregunta diferente: 

¿Hay niños y niñas que pueden encontrarse más expuestos al abuso sexual infantil? 

La respuesta es sí. Existen circunstancias que pueden aumentar su vulnerabilidad, pero quiero que dejemos algo claro desde el principio: ningún factor de riesgo provoca ni determina el abuso. 

La responsabilidad siempre es de quien agrede. 

Un/a niño/a no sufre abuso porque sea confiado/a, porque no haya sabido decir que no, porque se encuentre solo/a o porque no haya contado lo ocurrido. Es el agresor quien se aprovecha de su edad, su dependencia, su miedo o la ausencia de protección. 

Por eso, al hablar de factores de riesgo no debemos preguntarnos qué hizo o dejó de hacer el/la niño/a, sino: 

¿Qué condiciones facilitaron que alguien pudiera ejercer poder sobre el/ella? 

Circunstancias que pueden dejar a un niño o una niña más expuestos 

Pensemos en algo que ya comentamos en el primer artículo: existe una enorme desigualdad de poder entre una persona adulta y una niña o un niño. 

Aunque les enseñemos las partes de su cuerpo, que existen secretos que no deben guardar o que pueden decir “no”, siguen necesitando personas adultas capaces de observar, escuchar y actuar. 

A esa desigualdad de poder pueden sumarse otras circunstancias: 

  • La ausencia de referentes adultos seguros y disponibles. 
  • El aislamiento familiar o social. 
  • La dependencia afectiva, económica o material. 
  • La falta de información adaptada a su edad. 
  • La discapacidad o las dificultades para comunicarse. 
  • Las barreras lingüísticas, culturales o administrativas. 
  • La convivencia con violencia o negligencia. 
  • La institucionalización o la saturación de los sistemas de protección. 
  • La falta de un lugar seguro donde dormir, estudiar o relacionarse. 

Ninguna de estas circunstancias conduce inevitablemente al abuso sexual infantil. Sin embargo, pueden facilitar el acceso del agresor, aumentar la dependencia o dificultar que la niña pueda pedir ayuda y que alguien detecte lo que está ocurriendo. 

Y aquí aparece una responsabilidad que no podemos trasladarles a ellos. 

La prevención no puede consistir únicamente en enseñar a los niños y las niñas a protegerse. Somos las personas adultas quienes debemos crear entornos seguros y prestar atención cuando algo cambia.

No siempre identifican a la persona como alguien peligroso 

Cuando pensamos en prevención, solemos imaginar que un/a niño/a reconocerá el peligro, se apartará y acudirá a una persona adulta. 

Pero ¿qué ocurre cuando quien la agrede es también quien le ofrece atención, comida, protección o afecto? 

El agresor no siempre se presenta como alguien amenazante. Puede mostrarse cariñoso, hacerla sentir especial o cubrir una necesidad que nadie está atendiendo. Después puede introducir poco a poco los secretos, la culpa, las amenazas o el miedo a perder ese vínculo. 

Para un/a niño/a puede ser muy difícil entender que una persona que a veces la cuida también le está haciendo daño. 

Y todavía será más difícil si depende de ella o no tiene a quién acudir. 

Ceuta: cuando varios factores de vulnerabilidad coinciden 

La situación vivida por las niñas y adolescentes migrantes en Ceuta durante este verano de 2026 nos ayuda a comprender qué sucede cuando varias formas de vulnerabilidad se acumulan. 

Algunas han permanecido sin referentes adultos, fuera del sistema de protección, sin un lugar estable donde dormir y con dificultades lingüísticas o administrativas para acceder a ayuda. 

A finales de agosto, RTVE informaba de 17 agresiones sexuales registradas en Ceuta y señalaba que la mayoría de las víctimas eran menores migrantes. Los servicios sanitarios ya habían atendido anteriormente al menos a cuatro niñas por agresiones sexuales. RTVE, 30 de agosto de 2026 y RTVE, 7 de agosto de 2026. 

¿Qué puede hacer una niña si no sabe dónde está, no habla el idioma, teme las consecuencias de pedir ayuda o depende de otras personas para comer y encontrar un lugar donde dormir? 

Estas circunstancias no provocan las agresiones. Son los agresores quienes se aprovechan de la desprotección. 

Los hechos deben investigarse y sus responsables deben responder individualmente. Pero el sufrimiento de estas menores tampoco puede utilizarse para criminalizar al conjunto de las personas migrantes o alimentar discursos racistas. 

Si de verdad queremos ponerlas en el centro, debemos hablar de su seguridad, su recuperación y sus derechos. 

Han aprendido a sobrevivir, pero siguen siendo niñas 

Quizá vemos a una niña que ha cruzado una frontera, ha buscado comida o ha aprendido a encontrar un lugar donde dormir y pensamos: 

“Es muy madura para su edad”. 

Pero quiero que nos detengamos un momento en esa idea. 

¿Es realmente madurez o ha tenido que aprender a sobrevivir porque ninguna persona adulta la estaba protegiendo? 

Desenvolverse sola en situaciones extremas no significa poseer los recursos emocionales y cognitivos de una persona adulta. Significa que se ha visto obligada a desarrollar conductas de supervivencia. 

Corremos el riesgo de adultificar a estas niñas, de interpretar su aparente autonomía, fortaleza o desconfianza como señales de madurez. 

Pero su cerebro continúa siendo un cerebro infantil o adolescente en desarrollo. Siguen necesitando protección, estabilidad, juego, educación, cuidado y referentes adultos seguros. 

¿Qué ocurre en su cerebro cuando tiene que sobrevivir? 

Ante un peligro, nuestro cerebro activa sus sistemas de alarma. Es una respuesta necesaria para reaccionar y protegernos. 

Pero ¿qué sucede cuando el miedo no dura unos minutos, sino días, semanas o meses? ¿Qué ocurre cuando no existe una persona adulta segura que ayude al niño o la niña a calmarse y comprender lo que está pasando? 

Su cerebro puede aprender que debe permanecer constantemente alerta. 

Gran parte de sus recursos se orientan entonces a detectar amenazas, no a aprender, jugar o sentirse segura. 

Podemos observar: 

  • Hipervigilancia y miedo constante. 
  • Problemas de sueño o pesadillas. 
  • Dificultades para concentrarse y aprender. 
  • Irritabilidad o reacciones impulsivas. 
  • Bloqueo o desconexión emocional. 
  • Confusión al intentar ordenar lo sucedido. 
  • Recuerdos fragmentados o centrados en sensaciones. 

Cuando veáis estas reacciones, intentad no quedaros únicamente con la conducta. 

Un/a niño/a que parece distraído/a quizá está pendiente de cualquier señal de peligro. Un/a niño/a que no reacciona puede encontrarse bloqueado/a. Un/a niño/a que se irrita con facilidad puede llevar demasiado tiempo intentando defenderse. 

No siempre es que “no quiera” atender, hablar o comportarse de otra manera. En ocasiones, es su sistema nervioso intentando mantenerlo/a a salvo. 

La activación intensa o prolongada del estrés puede interferir en el desarrollo de la atención, la memoria, el autocontrol y la regulación emocional. Sin embargo, las relaciones estables con personas adultas cuidadoras pueden amortiguar esta respuesta y favorecer la recuperación, como explica el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard. 

También puede cambiar lo que aprende sobre el afecto 

Durante la infancia aprendemos qué podemos esperar de los demás. Aprendemos si nuestras necesidades importan, si podemos poner límites y si el cariño es un lugar seguro. 

¿Qué puede aprender un/a niño/a cuando el afecto se mezcla con secretos, manipulación, miedo o violencia? 

Puede llegar a creer que, para sentirse querido/a o evitar el abandono, debe agradar, obedecer, callar o ignorar sus propios límites: 

“Si digo que no, dejarán de quererme”. 

“Mis necesidades molestan”. 

“Es mejor ceder para que no se enfaden”. 

“El cariño siempre implica hacer algo a cambio”. 

No es forma de relacionarse elegida libremente. Puede ser una estrategia que en algún momento le ayudó a sobrevivir. 

Con el tiempo, estos aprendizajes pueden dificultar que reconozca relaciones seguras, ponga límites sin sentir culpa, exprese sus necesidades o diferencie el afecto del control.

El riesgo no determina su futuro 

El abuso sexual infantil puede afectar a la autoestima, la identidad, el aprendizaje, la regulación emocional, la sexualidad, la confianza y la forma de relacionarse. 

También puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión, estrés postraumático, disociación o dificultades vinculares. La Organización Mundial de la Salud advierte de que el maltrato infantil puede dejar consecuencias duraderas en la salud y el desarrollo. 

Pero quiero que os quedéis también con esto: 

Posible no significa inevitable. 

No todas los/as niño/as desarrollarán las mismas consecuencias y su historia no determina por completo su futuro. 

El cerebro conserva capacidad de adaptación. La protección, la atención psicológica especializada y los vínculos estables y seguros pueden influir profundamente en su recuperación. 

Por eso no deberíamos admirar únicamente lo fuertes que han tenido que ser. 

Deberíamos preguntarnos por qué tuvieron que serlo y qué podemos hacer para que dejen de vivir en alerta. 

Aunque las menores de Ceuta hayan atravesado experiencias que ninguna niña debería conocer, siguen siendo niñas. 

No necesitan aprender a sobrevivir mejor. Necesitan descubrir que existen personas adultas capaces de protegerlas y relaciones en las que no tengan que agradar, obedecer ni desaparecer para merecer cariño. 

Si observas indicadores que te preocupan o necesitas orientación ante una posible situación de abuso sexual infantil, puedes escribirme o llamarme. Una respuesta temprana, especializada y respetuosa puede marcar una diferencia importante. 

Gina Pascual. 

Evaluación pericial y acompañamiento psicológico. 

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